CAPITULO I. Lo que la tierra ocultó
Antes de que esta historia encontrara palabras, ya existía.
No en libros, ni en fechas… sino en los márgenes de otros relatos.
En crónicas escritas con vocación de archivo se hablaba de un mesón.
Un mesón que no lograba sostenerse sobre la tierra que lo reclamaba.
Hubo intentos.
Deudas.
Derribos.
Dos edificios levantados con prisa en la Plaza Nueva.
Separados por una calleja.
Condenados desde su origen por la inclinación y la fragilidad del terreno.
“Deformidad”, anotaron,
Como si la piedra hubiera fallado y no el suelo que cedía bajo ella.
No fue hasta 1808 cuando el edificio logró afirmarse.
Esta vez la construcción atendió a los límites invisibles de la tierra,
La piedra encontró, finalmente, su equilibrio.
Nació como mesón.
Abierto al tránsito de carruajes, soldados y rumores de una época convulsa.
Eso es lo que dicen los registros.
Eso es lo que ha perdurado.
Pero hay algo que nunca se escribió.
Mientras los muros aprendían a sostenerse, alguien empezó a excavar.
No hacia arriba… sino hacia dentro.
Como si la solución no estuviera en elevar la casa, sino en hundirla.
Hundirla en aquello que antes la había hecho ceder.
Fue allí, en la penumbra del subsuelo, donde comenzó a latir el verdadero corazón del edificio.
La bodega tomó forma sin dejar apenas rastro.
Ajena a planos.
A anotaciones.
A ojos que la buscaran.
El vino llegó después.
En silencio.
Con la promesa de quedarse.
Y con él, una forma distinta de medir el tiempo.
No en años.
Ni en fechas.
Ni en documentos.
Sino en cosechas.
En espera.
En memoria.
Porque esta historia no nace de lo que se levantó sobre la tierra…
Sino de lo que decidió guardarse bajo ella.
CAPITULO II. El cimiento de la familia
No fueron buenos años.
Las malas cosechas llegaban sin aviso y se repetían con una obstinación que parecía heredarse de una estación a otra.
No era solo el viñedo. También el cereal fallaba. También la tierra.
Y, con ella, toda una generación aprendía a resistir antes que a prosperar.
Ramón y Josefa lo entendieron pronto.
O quizá no lo entendieron, pero lo aceptaron.
Fue en 1788, en Samaniego, donde decidieron empezar.
No era un comienzo brillante, ni prometedor.
Era, simplemente, posible.
Atrás quedaba Lanciego.
Un desplazamiento breve, apenas un cambio en la falda de la sierra.
Pero suficiente para abrir una puerta.
Y tras esa puerta, la familia echó raíces.
Durante dos generaciones, el tiempo se midió en nacimientos y ausencias.
En nombres que se repetían y otros que desaparecían demasiado pronto.
Pío.
Petra Paula.
Hasta que llegó Perfecto.
Eleuterio Perfecto, aunque nadie lo llamaba así.
No está claro qué lo llevó a marcharse.
Si fue la promesa de Laguardia, cada vez más viva gracias al vino,
o la certeza de que, como segundo hijo, su lugar ya estaba decidido en otra parte.
Quizá fue algo más sencillo.
O más urgente.
Maximina.
Su nombre aparece siempre antes de los hechos importantes,
como si hubiera marcado el ritmo de todo lo que vino después.
La boda se adelantó.
No por prisa, sino por necesidad.
Lo suficiente para evitar miradas, preguntas… decisiones mayores.
Así, sin ruido, la historia cambió de dirección.
El padre de Maximina movió sus hilos.
El Mesón Viejo necesitaba manos.
Y también necesitaba algo más que manos.
Perfecto llegó desde Samaniego sin saber que no solo buscaba trabajo.
Buscaba un lugar donde quedarse.
Aprendió rápido.
A cargar.
A servir.
A negociar.
A observar.
Y, poco a poco, dejó de ser un recién llegado.
Los años confirmaron lo que al principio solo era una posibilidad.
Su hermano también llegó.
Desde Elvillar.
Hermenegildo Víctor.
Se estableció cerca, con su propia casa, en la otra parte del Mesón.
No lejos, pero tampoco dentro.
Lo suficiente para que cada familia tuviera su lugar,
y lo bastante próximo para que la vida se entrelazara sin esfuerzo.
Desde entonces, dos hogares comenzaron a crecer en paralelo.
Dos ritmos.
Dos mesas.
Una misma raíz.
Los hijos de Hermenegildo nacieron en Laguardia.
Entre esas paredes cercanas, entre patios compartidos y caminos que se cruzaban a diario.
Pero no todos permanecieron.
Bienvenido no llegó a los tres años.
Como tantos otros.
Como ocurría entonces.
Como nunca deja de doler.
Aurea ya caminaba cuando llegó el siguiente.
Otro hijo.
Otro nombre heredado: Bienvenido Emeterio.
Luego Justino.
Y después, de nuevo, la ausencia.
Ocho años.
Cinco hijos.
Dos enterrados antes de tiempo.
La vida seguía.
No por fortaleza, sino por inercia.
En la casa de Perfecto, la historia no fue más sencilla.
Pero hubo una diferencia.
Teodoro, su primogénito, sobrevivió.
Creció.
Llegó a la edad de imaginar un futuro.
Y eso, en aquellos años, lo cambiaba todo.
Vicenta no lo consiguió.
Se quedó en el mismo umbral que tantos otros.
Después llegaron Abilia y Petra.
Y ellas sí permanecieron.
No continuaron la sangre,
pero sostuvieron la familia.
Cuidaron.
Ordenaron.
Mantuvieron en pie lo que otros apenas podían atender.
Porque fuera de la casa, el trabajo no cesaba.
El mesón crecía.
La bodega también.
Hospedaje, postas, cereal, viña.
Todo ocurría al mismo tiempo.
Todo exigía más de lo que parecía posible.
La llamaban la casa de los negocios.
Y lo era.
Pero también era otra cosa.
Un lugar donde dos familias aprendieron a sostenerse,
cada una en su espacio,
cada una con sus pérdidas y sus logros,
como aquel edificio años atrás:
no solo sobre la piedra,
sino sobre lo que había debajo.
En 2002 se produce, el que hasta la fecha es el último cambio generacional, un nuevo proyecto vinícola basado en un equipo humano que desea adaptarse a los nuevos tiempos sin perder sus ancestrales señas de identidad. Así, conservando la tradición, incorporamos las nuevas instalaciones con los últimos avances tecnológicos.
Hacemos vino porque nos gusta, porque nos entusiasma, porque nos apasiona. Pero sobre todo porque nos sobrevive; como un libro, una escultura o una canción, aquella música que trascenderá para siempre momentos y épocas.
Vinos equilibrados y repletos de matices, sutiles, delicados, vaporosos. Vinos de pasión con sabor a la tierra. Y al cielo. Vinos con personalidad, temperamento y, por que no, con un gramo de locura.













